Al mar

Para Gloria, por la idea; para Silvia F. por hacerla realidad.

Camino desde la montaña dirección sur, hacia el mar, que se presenta calmo. ¡Quisiera para mí esa quietud con la que orgullosa se mece suavemente entre olas! Voy con mi mochila cargada. Es una mochila vieja llena de zurcidos y remiendos que, desde hace un tiempo, vuelve a estar llena y pesa demasiado para este cuerpo cansado y dolorido.

Sé lo que llevo dentro de la mochila. Son pequeñas piedras que en algún momento hice mías sin quererlas y ahora me quitan, me restan, me pesan. En este recorrido hacia el mar, solo pienso en sacudirme este peso, en aligerarme la mochila. De hecho tengo un plan, pero para ello debo llegar al mar. ¿Y si no llego? ¿Y si el cuerpo no resiste? ¿Y si la mente, tan poderosa y meticulosa, me juega una mala pasada y me manda a otro sitio? Pero debo intentarlo, aunque sea con este miedo que también cargo a la espalda en forma de canto rodado. Recuerdo donde lo cogí, pero no logro entender porque no soy capaz de eliminarlo.

La cuestión es que entre paseo mental, los pies me han llevado al fin al mar. Mis pies, ahora descalzos, pisan al arena, fría y húmeda, como es lógico en un mes de enero. Me acerco a la orilla y observo la inmensidad pacífica y azul. Y, de repente, noto el agotamiento. No sé si seré capaz, de nuevo me cuestiono. La mochila pesa, pero es tan mía, ¿qué cómo voy a hacer para vivir sin ella? Debería mudarme de piel entera, ser otra, para abandonarla. ¿Lo lograré? Ahora me siento tan profundamente vulnerable frente al azul mar y cielo, frente a la vida.

Me digo, me repito como en una letanía, que debo hacerlo. Al menos, intentarlo una vez más y luego ya se verá. Así que descargo la mochila de mi espalda, la abro y saco una de las piedras. La miro y la reconozco. La ciño entre los dedos de mi mano derecha, respiro hondo y la lanzo al mar al grito de aquello que representa: “Soledad”. Y la brisa dulce del atardecer se lleva la palabra junto a la piedra que se hunde dejando surcos en el agua.

Por un momento, me siento más ligera e, incluso, acompañada, apoyada, aún estando sola en la playa. Me agacho y rebusco otra piedra. Esta vez es más pequeña, la recogí recientemente, lo recuerdo. Vuelvo a inhalar y la tiro con arrojo al grito de lo que simboliza.

Y así continuo, repito el proceso, con cada una de las piedras que cargo en la espalda, siempre gritando, siempre intentando que en esa palabra algo se aligere.

En un momento dado, me doy cuenta de que lloro. Sin consuelo. Pero no intento detener las lágrimas, ni siquiera cuando sigo lanzando más piedras. No recordaba tener tantas. Al final acabo vaciando la mochila y solo, al fondo, queda una. Esta pesa bastante y yo estoy cansada, pero la tomo. Y la tiro al grito de: “Falta de confianza”. Y una vez cae al agua entre ondas, noto que mi cuerpo se relaja, respira más pausado. Y sonrío, una leve sonrisa liberadora.

Al final de la tarde, en aquella playa solo quedamos la mochila y yo, ambas vacías. Es una sensación nueva para mí. Ya no hay lucha, ya no hay pelea contra mí misma, ahora solo hay vacío. Vacío dispuesto a llenarse, pero no a pesar. Vacío para caminar ligera de vuelta a casa, con la mochila vieja llena de zurcidos y remiendos, pero sin la carga que duele e impide caminar.

El mar me ha limpiado, vuelvo a la montaña, a los bosques, al hogar, que habita en mí esperando florecer de nuevo.

Este texto tiene derechos de autor. No utilizar sin permiso de su autora, Silvia G. Guirado.

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